sábado, 18 de diciembre de 2010

Extracto de "La España inexplorada". (Sierra Quintana)


Se cumplen cien años de la publicación en Londres de "La España inexplorada" de Abel Chapman y Walter J. Buck. Esta obra considerada el primer tratado sobre la biodiversidad española, recoge las vivencias cinegéticas y naturalistas de sus autores por diversas regiones españolas y andaluzas.
En el libro se describen algunas jornadas vividas en lo que hoy día es el parque natural de la Sierra de Andújar, en Sierra Quintana, donde llegaron procedentes de Fuencaliente con la intención de cazar Cabra Montes. Dejo un extracto de dichas jornadas recogidas en esta obra.

"Una zona igualmente abrupta, aunque más extensa y continua, se encuentra cerca de Fuen-Caliente, y tiene por nombre Sierra Quintana. Esta sierra, a pesar de que sus elevaciones sobrepasan escasamente los 7.000 pies, forma el único punto de Sierra Morena en el que la cabra hispánica pone aún los pies.
Allí, en 1901, el autor sufrió una de esas malas experiencias que de vez en cuando acontecen a aquellos que buscan cazaderos en los rincones más agrestes del mundo. Fue a mediados de febrero cuando, forzados por lo extremoso del tiempo, nos vimos obligados a buscar refugio en la aldea de Fuen-Caliente, colgada a 5.700 pies de una ladera de la sierra, del mismo modo que los aviones roqueros fijan sus nidos en las paredes rocosas. Fuen-Caliente data de los tiempos romanos. Fuentes termales, como indica su nombre, nacen aquí de las rocas hendidas, y los baños de piedra, no construidos por manos modernas, son testigos de empresas pasadas. Hoy en día, según se nos dijo, los baños de Fuen-Caliente atraen visitantes veraniegos; confiamos en la mejoría de su salud aquí. Seguramente es necesaria alguna compensación para equilibrar los peligros de la estancia en esta desaliñada aguilera. Lo escribimos de corazón, incluso después de todos estos años, y después de sufrir tribulaciones de todo tipo en un paraje tan rudo. Fuen-Caliente es dura de recorrer.
Teniendo tiendas y un equipo de campaña completo, pensábamos vivir independientes de la posada del pueblo. Una noche, sin embargo, mientras escalábamos la pendiente que conduce a lo más alto de la sierra, nos sobrevino un vendaval de levante, con tormentas de nieve que ni siquiera una mula podría soportar. No podíamos hacer otra cosa que buscar refugio en la aldea de abajo.
Mi dormitorio medía doce pies por cuatro, con una puerta en cada extremo. A la puerta, propiamente dicha, se llegaba por una escalera vertical; la segunda, podría quizás considerarse como ventana, pero en realidad sólo se distinguía de la anterior por su tamaño menor, ambas construidas de madera sólida. Por otro lado, cuando dejaba la ventana abierta, la nieve se arremolinaba en la habitación como en la sierra misma; si la cerraba, vivíamos en una oscuridad escasamente aliviada por una vacilante mariposa, que es una mecha de algodón flotando en un cuenco de aceite de oliva. Bajo tales condiciones, y otros horrores sin nombre, pasamos tres días con sus noches, mientras el temporal soplaba y la nieve se arremolinaba alrededor incesantemente.
A la mañana siguiente, el viento disminuyó, y la nieve dio paso a una fina lluvia. Estos levantes duran habitualmente entre tres y nueve días; por esto, pensando que éste ya había pasado, empaquetamos el equipo y salimos para buscar de nuevo al ibex. Caraballo, con su acostumbrada previsión, compró unos cuantos pollos vivos, que colgó por las patas del serón de la mula posterior. En la limitada área de Quintana, el ibex ofrece la mejor oportunidad para el rececho.
Las mulas son estupendos animales de montaña. Los lugares que el animal superó aquel día no pueden ni creerse. Dos burros que pertenecían a dos cazadores locales, Abad y Brígido, que nos acompañaban, pronto se atascaron y tuvimos que dejarlos atrás.
A las tres, nosotros, con mula y todo, alcanzamos la zona de más altura de Quintana, y acampamos a pocos centenares de pies de sus riscos más elevados.
Montar una tienda entre rocas nunca es fácil; especialmente cuando las piquetas de hierro no encuentran agarre, y los vientos tienen que sujetarse, lo más seguramente que se pueda, a cualquier saliente.
Apenas se había puesto el sol cuando el levante volvió a apretar otra vez con redoblada energía. Sopló toda la noche a través de la garganta estrecha y alrededor de sus minaretes de roca en forma de pináculo, con el resultado de que a las once de la noche los vientos, deficientemente asegurados, se soltaron y nuestra tienda se vino abajo con un crujido. Tardamos dos horas (bajo el diluvio) en remediarlo; y cuando rompió el día una neblina helada envolvió la sierra, impidiendo ver nada más allá de unas cuantas yardas. El frío era intenso, y la pequeña pileta que habíamos ingeniado la noche anterior estaba completamente helada. La niebla continuó todo el día y el siguiente. No podíamos hacer nada, aunque persistimos en nuestras salidas diarias, como por deber, para dar una vuelta de unas cuantas horas entre los riscos. ¡Cómo rezábamos para que abriera un claro de al menos una hora y de este modo poder ver aquel glorioso panorama que buscábamos! Al crepúsculo de la segunda noche cayó una fuerte nevada y después una tormenta, que se sumo a nuestras alegrías. Los frecuentes y vívidos centelleos de los relámpagos iluminaban la oscuridad, provocando que los pollos supervivientes (que habíamos atado dentro de la tienda por caridad) piaran tan incesantemente que dormir era imposible. En esos momentos notamos una brusca bajada de temperatura: los hombres habían traído un cubo de campamento lleno de hielo que se proponían derretir en la pequeña fogata que ardía dentro de la tienda. Pero esto era excesivo, aún cuando significara "nada de café para el desayuno".
Como continuaban la helada y la niebla, la tercera mañana, los hombres propusieron que nos trasladásemos más abajo, a la colina, a un cortijo que conocían para esperar allí un tiempo más apacible.
Pero para entonces el frío ya había entrado hondo en mi pecho y mi garganta, que sentía ásperos e inflamados, dejando al autor casi sin voz. Por todo esto, decidimos abandonar toda la empresa y levantamos el campamento, todavía envueltos en el manto opaco de la impetuosa cellisca.
Cruzando la sierra superior de la cresta, entre riscos de los que sólo eran visibles las bases, descendimos por la vertiente sur; aquí organizamos una "batida" entre las malezas que cubrían las laderas mas bajas. Los jaleadores nos informaron de que habían visto dos linces y tres cabritos. Sólo uno de estos últimos, sin embargo, entró a la escopeta, y resultó ser una marrana, la mitad más grande que cualquier jabalí que hubiéramos visto por entonces en España. Lamentamos no tener ningún medio de pesar esta bestia, que estimamos podía ascender muy bien a más de 200 libras netas. Una destacable cuerna mudada recogida en este lugar tenía cuatro puntas en la estaca, así como cuatro en la corona, con 34 1/8 pulgadas de largo y 5 3/4 de circunferencia de base.
Los "refugios" de la cabra montés en Sierra Quintana se encuentran entre algunos peñascos bastante grandes que forman las caras este y sur de la sierra. La tirada en este momento no obtuvo recompensa; debido a que aquí los montañeses nunca habían dejado en paz a las cabras monteses, ya que todos llevaban escopetas y las usaban en cualquier momento que hubiera oportunidad. El resultado era que los pocos ibex supervivientes se habían vuelto estrictamente nocturnos en sus hábitos, pasando el día entero en las cuevas y grietas de las paredes de aquellos precipicios verticales y desnudos.
Algunos de sus encames eran absolutamente inaccesibles para cualquier criatura no dotada de alas. Una cueva, a pesar de que no ofrecía modo de alcanzarse, estaba situada sólo a unos ocho o diez pies sobre un reborde en la pared vertical de la roca. Una mañana al amanecer, las monteses, habiendo sido vistas al entrar en ella, impulsó repentinamente a un par de entecos cabreros a alcanzarlas desde la repisa de debajo, subiéndose uno de ellos a los hombros del otro, que estaba de pie en este estrecho anaquel. En su premura por escapar, el primer ibex rompió aquel precario equilibrio, y el pobre chico se precipitó hacia abajo, dando tumbos entre las rocas del abismo.
Al cabalgar de vuelta a casa a través de inhóspitas colinas cubiertas de arbustos, hacia el ferrocarril (a unas cuarenta millas de distancia), pasamos una noche en el pueblo llamado, con una inconsciente ironía, Cardeña Real. En las primeras horas de la mañana tuvo lugar otra terrorífica perturbación —alaridos, chillidos, ladridos— y todos los perros se volvieron locos. La noche estaba oscura como boca de lobo, y la lluvia caía a torrentes; a la mañana siguiente vimos que una manada de lobos había sacado a los cerdos de nuestro patrón de su zahurda, a menos de quince yardas de distancia. Ciertamente, tres cochinos mutilados estaban apilados contra la pared de nuestra cabaña.
La posibilidad de que nosotros acabásemos peor que estos cerdos no se nos había ocurrido con anterioridad. Con esto terminó, en un ciclo de catástrofes, nuestro primer enfrentamiento con la capra hispánica en Sierra Morena; pero este fallo inicial sólo sirvió para estimular posteriores esfuerzos. Por otra parte, el invierno no es estación para acampar en estas altas sierras. Mayo es más favorable, aunque el mejor momento es a comienzos de otoño."

2 comentarios:

Anónimo dijo...

Entretenida lectura, me ha enganchado desde el principio, e incluso he tenido que mirar algunos significados que no entendía. Gracias por activar mi mente y alimentar mi conocimiento.

Anónimo dijo...

Estimado Aquilino, hace unos momentos he dirigido un correo sobre tu blogs a Alfredo Ibarra, director del Parque Natural Sierra de Andújar. Desde hace tiempo tenía pendiente mi felicitación personal por tu trabajo divulgativo de nuestra Sierra, que ahora hago.

Un Cordiaal saludo.

Santiago de Córdoba Ortega
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Alfredo, uno de los alertas que tengo sobre Andújar en Google, me ha enviado al Blog de Aquilino Duque: Sierra de Andújar. Posiblemente has leído el extracto que incluye hoy en el "Inicio" sobre el libro de Abel Chapman y Walter J. Buck ("La España inexplorada"), que junto a otros escritores extranjeros nos descubrieron la España de los siglos XVIII y XIX, a pesar de que varios siglos antes fuimos nosotros quienes descubrimos gran parte del mundo. En el caso de que no hayas leído el extracto sobre Sierra Quintana, te lo reenvío. Precisamente a primero de mes, desde la parte norte de Cardeña en la provincia de Córdoba y desde Nava Muñoz en nuestra Sierra, he visto la grandiosidad fronteriza de Sierra Quintana.

Periódicamente visito los blogs sobre la Sierra de Andújar. Los contenidos literarios y sobre todo de imágenes en los blogs Sierra de Andújar (Aquilino Duque), Naturalmente...Andújar (Carlos Expósito) y Parque Natural Sierra de Andújar (Carlos Expósito), son pedagógicos y de gran belleza. Creo que la Junta Rectora que tu presides debiera hacer alguna acción nominativa y personal para sus autores.

Un cordial saludo

Santiago